sábado, 14 de febrero de 2009

La epopeya de Il Duomo





De "Crónicas Florentinas"

La cúpula de la basílica de Santa María de las Flores domina el valle del Arno, imponiéndose como una roja colina, majestuosamente bella. Es enorme, revestida de mármol rojo y ocho nervaduras de mármol blanco que la hacen única. Sólo el genio renacentista de Filippo Brunelleschi fue capaz de construirla más de cien años después de terminada la basílica sobre la cual descansa. Para llevar a cabo su proyecto, “Pippo” –como le decían sus contemporáneos—no sólo tuvo que vencer a sus contrincantes en un famoso concurso para la asignación de la obra, sino que se tuvo que imponer a intrigas, traiciones e intentos de detener la obra por parte de gremios a los que no había terminado de convencer, pues nadie, hasta el 1420 había descubierto la manera de “cerrar” el enorme crucero de cerca de 80 metros de diámetro.
Brunelleschi, reconocido como el Padre de la Perspectiva, ingeniero, arquitecto, escultor y matemático, tardó 14 años en levantar la enorme mole, para la cual no sólo se invirtieron cientos de miles de florines de oro, sino que se contrataron, también, miles de obreros. El reto para Brunelleschi fue crear sus propias herramientas, carros transportadores de materiales, enormes apastos y gigantescas grúas de madera, antecesoras de las modernas “plumas”, utensilios que hoy podemos admirar en el Museo della Opera del Duomo, situado allí, frente a la parte exterior Este de la basílica, sobre la angosta callejuela que la circunda, Piazza del Duomo, entre Via Ricassoli y Via de Martelli.
Para construir la enorme cúpula hubo necesidad de abrir una nueva calle, hoy Via dei Servi, sobre la que se construyó un gigantesco terraplen por la que subían los materiales.
La documentación que se conserva del concurso incluye desde proyectos más o menos conservadores como el “cerrar” más el tamburo y construir una cúpula más pequeña hasta las francamente desproporcionadas como el de rellenar de tierra el crucero de la iglesia para darle un sustento a la cúpula o, construir un gigantesco andamio por dentro y por fuera para ir colocando los bloques de piedra de tal manera que no se derrumbara.
Sin embargo, la propuesta de Brunelleschi, aunque increíble para su tiempo, fue la aprobada, no tanto porque haya convencido a los gremios que aportarían el capital, sino por devolverle su propio reto que era el de construir la cúpula sin andamiaje y sin usar una estructura interna en que sostenerla mientras la erigía. Algo insólito.
Pero Brunelleschi ya había estudiado y medido la cúpula del Panteon en Roma a donde había ido, años antes, en compañía del joven Donatello. Ambos, midieron palmo a palmo la estructura del Panteon y Brunelleschi estudió el duomo planisférico construido por los antiguos romanos con la técnica a scattole y que se quedó para siempre abierta, con un oculo que jamás fue cerrado.
El día que estuve allí, hacía frío en Roma y caía una lluvia intermitente. Por el oculo del Panteon se metía el agua, caía de un circulo gris, en lo más alto de la extendida cúpula.
El secreto de Brunelleschi para construir Il Duomo de Santa Maria del Fiore, en Florencia, fue el de levantar dos cúpulas, una interna y otra externa. Un prodigio de la ingeniería renacentista.
La Grande Macchina la llamó Miguel Angel.
La cúpula de Florencia no tiene comparación. La de Sofia, en Estambul es más nueva y de forma ovalada; la cúpula de San Pedro, en Roma, construida por Miguel Angel, es una copia del diseño de Brunelleschi, revestida de láminas de metal, un poco más grande y más reciente; las cúpulas de San Marcos, en Venecia, son cinco, en cruz, pero más chicas y de metal; y la cúpula de la basílica de Pisa, oval y de metal.

Il Duomo, en Florencia, es un punto de referencia, de orientación.
Una noche de invierno, oscurecida por un cielo cargado de nubes negras, volvía de una cena en casa de unos amigos. Caminé y caminé por las estrechas calles de Florencia y en un momento no supe dónde me encontraba. Serían como las once de la noche y desde luego lejos de las rutas diseñadas para el turismo.
Florencia de noche es oscura por disposición de las autoridades. Todo lo que es el centro histórico, la parte medieval que comprende el perímetro de las antiguas murallas, tiene poca y muy espaciada iluminación. Pequeños candiles espaciados y colocados en las partes más altas de los palacios no alcanzan a alumbrar ni siquiera los pisos de piedra, dándole un aspecto verdaderamente lóbrego a esos quarttieri o barrios apartados de los lugares turísticos.
Por mi parte no había temor alguno, pues esta ciudad tiene índices de criminalidad que no llegan al 0.1 por ciento. Pero sí estaba completamente desorientado. Mi primer pensamiento fue “acogerme a sagrado” e ingresar a cualquiera de las muchas iglesias y conventos que existen en esa parte de la ciudad y en donde cualquier persona consigue ayuda, techo, cama y comida, completamente gratuitos.
Pero no. Un indefinible regusto por sentirme “perdido” me hizo que siguiera caminando y tratando de adivinar, en cada bocacalle, algo más que la lechosa oscuridad proveniente de la pequeña estela de cielo que queda libre entre un techo y el de enfrente.
De pronto, al desembocar al triangulado espacio de una bifurcación, al fondo del alargado espacio donde debería estar el cielo oscurecido percibí una estrecha franja de la gran mole oscura de la cúpula. En ese momento supe que ya estaba en casa.
En días que no teníamos clase cruzaba el Arno y remontaba la colina del Piazzale Michellangelo y desde ahí bocetaba la Cúpula. Hice varios apuntes en una pequeña libreta.
Alguna vez me sorprendio, mientras estaba en el pequeño baño de un apartamento muy cerca de la basílica. sobre el inodoro, en vez de un espejo había una pequeña ventana de madera. La curiosidad me hizo abrirla, quizá para ver la ciudad desde un cuarto piso.
Y ahí estaba, imponente, roja y blanca. Podía ver los pequeños rectángulos rojos del recubrimiento colocado por Brunelleschi a lasca, una técnica recién inventada por él a principios del 400s.
Me deslumbró y al volver a la sala le conté a mis anfitriones, quienes sonrientes y orgullosos hablaron de la magnífica vista que tenía el baño.
Y es que en Florencia, todos quieren tener un espacio desde donde poder ver este portento.

domingo, 25 de enero de 2009

Un poema para Fiorella

Guardo il calcio e penso a te...

Guardo il calcio e penso a te
La Fiorentina gioca sul prato
verde che crece vicino
a San Frediano
magari un po´più lontano
verso le colle di Serpiole
sei fra un attimo
messo la folla che grida
e non capisco questa solitudine

Soltanto so che sei
sotto il grigio della volta
e fai una passeggiata
lungo il Arno
vieni al pane e un bichiere
in fretta perche aspettano
tuoi innocenti
tuo verziere in giù
tuoi indimenticabili barboni

E io non so
perche è tanto forte questo
pensiero
in questo bar di fronte alla tivù
ascoltando in fondo
una canzone
di sgherri messicani
di spari
e di vendette sulle strade

Guardo il calcio e questa musica
sinistra è una realtà
come i marmi
bellissime de la tua vita.

José Terán C.
Nov. 2008, Hermosillo, Sonora, Méx.


Miro el futbol y te recuerdo...

Miro el futbol y te recuerdo
La Florentina juega sobre el pasto
verde que crece muy cerca
a San Frediano
quizá un poco más lejos
hacia las colinas de Serpiole
en un instante estás
enmedio de la multitud que grita
y no entiendo esta soledad

Sólo se que estás
bajo un cielo gris
y das un paseo
por el Arno
vas al pan y por un trago de vino
presurosa porque esperan
tus niños desamparados
tu jardín inclinado
tus inolvidables menesterosos

Y yo no se
porqué es tan fuerte este
recuerdo
en esta cantina de frente a la televisión
y escuchando de fondo
una canción
de matones mexicanos
y de venganzas sobre las calles

Miro el futbol y esta música
siniestra es una realidad
como los mármoles
bellísimos de tu vida.

Traducción José Terán C.

sábado, 3 de enero de 2009

El regreso de Dante a Florencia

(Primera Parte del libro “Crónicas Florentinas” de José Terán)

Nel mezzo del cammin di nostra vita
mi ritrovai per una selva oscura,
che la diritta via era smarrita.
Ahí quanto a dir qual era è cosa dura
esta selva selvaggia e aspra e forte
che nel pensier rinova la paura!

Con estos versos Durante di Alighiero –mejor conocido como Dante Alighieri—inicia una de las obras más conocidas y celebradas de la literatura occidental: “La Commedia”, que Boccaccio después habrá de calificarla como “Divina” y que desde la edición de Giolito, en 1555, hasta nuestros días, así será conocida.
Pero ¿por qué esta obra escrita casi 700 años atrás sigue siendo punto de referencia en nuestros días, a grado tal que no son pocos los eventos organizados por instituciones culturales –gubernamentales, académicas o privadas--, agrupaciones de escritores, poetas solitarios, así como trabajos de investigación o estudio que esta obra ha suscitado, no sólo en Italia sino en otros muchos países del mundo?
“La Commedia”, compuesta de tres grandes cantos, los cuales contienen cada uno 33 poemas y de un prólogo adjunto al primero, cuenta el viaje místico realizado por el poeta a través de las tres regiones del ultramundo: el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso.
El poeta romano Virgilio, símbolo de la humanidad perfecta, lo acompaña en su recorrido por las primeras dos regiones, en tanto que Beatriz (el amor platónico del poeta), símbolo de la Gracia Iluminada, lo guía en el Paraíso.
La trama no es nueva, porque tales visiones representan un género típico de la literatura medioeval, pero Dante con ellas construye la más fuerte y completa interpretación del Hombre en todas sus facultades, desde las más bajas a las más elevadas, como nadie jamás lo ha expresado.
En el Infierno el hombre es considerado en su esencia material, el cual puede descender hasta la brutalidad, aunque también puede llegar a formas de heroica nobleza: la figura de Francesca de Rimini, de Brunetto Latini, de Farinata de los Uberti, de Ulisses, del Conde Ugolino, recuerdan a los mayores y grandes personajes de una humanidad pasional y apasionada, que aún ilumina el mundo de los perdidos y crea modelos de vida eternos.
Al contrario, más escondido, más opaco, no más terreno y aún no celestial, aparece e hombre en el Purgatorio; aquí, la gallardía y el colorido del Primer Canto es sustituido por un lirismo más delicado, crepuscular, de entonación melancólica. En el Purgatorio se encuentran escritos los más grandes y célebres versos inspirados por la melancolía.
En el Paraíso, finalmente, el hombre casi deja de ser creatura limitada en sí mismo, para participar de una realidad más grande y absoluta, que todo lo penetra; el verso toma significados de universalidad, alcanza a explicar lo inexplicable y culmina en los últimos poemas con las más altas expresiones de poesía mística como jamás se han escrito:

Veder volea como si convenne
l´imago al cerchio e come vi s´indova;
ma non era da ciò le proprie penne:
se non che la mia mente fu percossa;
da un fulgore in che sua voglia venne.
A l´alta fantasia qui mancò possa;
ma già volgeva il mio disio e il velle,
sì como rota ch´igualmente è mossa,
l´amore che move il sole e l´altre stelle.

La Commedia es más que una obra de poesía; constituye la competa afirmación del pensamiento latino, religioso, moral y político; y como tal es centro no sólo de la civilización italiana, sino de toda la civilización europea.

***

Sin temor a equivocarnos, podemos decir que la Divina Comedia de Dante Alighieri se encuentra inscrita en la continua y constante conformación de la vida moderna italiana, ya que no sólo constituye un material obligado de estudio desde la escuela elemental, en calidad de expresión artística universal, sino que a niveles de Academia y de Estado, la Divina Comedia es reconocida como depositaria de la raíz más depurada del actual idioma italiano, la llamada “Lingua del Sì”.
Por lo que respecta a Florencia, la Ciudad – Estado donde nació Dante y de la cual fue exiliado para nunca volver, cada año, desde el mes de diciembre dan inicio algunos eventos para honrar la memoria de Dante y su obra, que se prolongan bien entrado el siguiente año, cuyas variantes quedan a cargo de las autoridades culturales municipales, estatales y federales.
Tuve en suerte presenciar por la televisión, un primer día de año nuevo, la actuación del artista y estudioso de Dante, Roberto Benigni, quien explicó, primeramente, el último poema del Infierno y después lo recitó a memoria, para la Rai Uno, en una noche momorable.
El segundo evento de esa misma temporada invernal fue la Muestra y Exposición denominada “Dove il sì Suona” que tuvo lugar en la Galería de los Oficios y fue inaugurada por el Presidente de la República. Allí se reunió la más grande colección de textos y ediciones sobre la lengua y el idioma italiano, no sólo desde las primeras ediciones de “La Commedia”, sino copias aún más antiguas, especialmente aquellas trabajadas e ilustradas a mano. Otros textos igualmente invaluables fueron puestos en exhibición, como “Il Morgante”, las obras de Marcilio Ficino, Pulci, Pico della Mirandola, así como traducciones de Virgilio, Petrarca, etc., tanto en latín como en Vulgar.
Dos días después de la inauguración oficial, recorrí solo y mi alma los amplios y silenciosos salones de la Galeria de los Oficios, ubicada frente al famoso museo del mismo nombre, ya que era la mañana de un domingo y únicamente un guardia cerca del ingreso custodiaba las innumerables vitrinas que contenían las valiosos infolios, pergaminos y pequeños libros cuyas portadas y contraportadas estaban recamados de oro y joyas, los llamados “Libros de Horas” que alguna vez posaron sobre las delicadas manos de Battista Sforza o, quizá, de Simonetta Vespucci …¿Quién puede saberlo?

Ese año –2003-- un tercer evento tuvo lugar en la Basílica de Santa Croce, donde Vittorio Sermonti –hoy es, quizá, el más notable estudioso, divulgador e intérprete de La Commedia—dio lectura integral del “Infierno”, durante 34 noches, del 5 de mayo al 20 de junio, en el marco del “Proyecto Italia” de Telecom.
Con enorme gusto asistí varias noches a escuchar a este hombre, quien sobre un templete levantado a un lado de la estatua de Dante Alighieri y frente a la Basílica de Santa Croce recitó para mí y para cientos de asistentes esos poemas que, en partes, causan escalofrío.

***

A propósito, como dato interesante, en esta Basílica de Santa Croce, construida a principios del Siglo XI, y posteriormente ampliada por el arquitecto florentino Arnolfo di Cambio (el mismo que inició Santa María del Fiore, conocida mejor como “Il Duomo”), hacia el 1400, además de importantes obras de Donatello, Giotto y Taddeo Gaddi, contiene y guarda también los mausoleos de Dante y Miguel Angel, enre otros. El primero enterrado en Ravena en 1321, en tanto el segundo en Roma.
Fue en plena época renacentista cuando Santa Croce se convirtió en la basílica de descanso de los ilustres muertos florentinos.
Hoy, al lado derecho de la fachada, se levanta una gran estatua en mármol de Dante, que con un texto en la mano y una corona de laureles ciñéndole las sienes domina la grande y característica plaza de Santa Croce.
Este año 2009, Dante Alighieri volvió de su exilio a Florencia.
Lo trajo, en esta ocasión y de nuevo, Roberto Benigni, quien ya inició las presentaciones de la obra “Tutto Dante” frente a Santa Croce y a un lado de la estatua del poeta.
Las fechas: 29 de diciembre del 2008; 7, 14, 21 y 28 de enero del 2009; 4,11,18 y 25 de febrero; 4,11, 18 y 25 de marzo; y el 1 de abril.

viernes, 2 de enero de 2009

Un soneto de Carducci

En Fiesole, sobre las colinas Nororientales cercanas a Florencia, se encuentran las primeras edificaciones de lo que después sería --hacia el año 1000-- la capital de la Toscana. Allí, entre los nuevos palacios y construcciones del Siglo XVIII y XIX, se yerguen, imponentes, las ruinas romanas con su infaltable arena o coliseo.
Muy cerca del Museo de Paolo Conti, se encuentra un pasaje y una escarpada escalinata que lleva hacia la cima de una colina en cuya cúspide se eleva un antiquísimo monsterio de franciscanos aún vigente. Desde allí, en un descanso de la escalinata, se puede ver el profundo valle, el curso del Arno y la mancha urbana de la ciudad de donde sobresale, como otra colina, la roja cúpola que construyó el genio de Brunelleschi y que Miguel Angel llamó "La gran Máquina". Desde allí, también, se distingue, claro contra un fondo de tejados rojos, la esbelta blancura del Campanario levantado por Giotto.
En esta escalinata, sobre un muro de mármol se encuentra el siguiente soneto de Giosuè Carducci:

FIESOLE
Su l´arce ande mirò Fiesole al basso,
dov´or s´infiora la città di silla
stagnar livido l´Arno, a lento passo
richiama i francescani un suon di squilla.

Su le mura, dal rotto etrusco sasso
la lucertola figge la pupilla,
e un bosco di cipressi a i venti lasso
ulula, e il vespro solitario brilla.

Ma dal clivo lunato a la pianura
il campanil domina allegro como
la risorta nel mille itala gente.

O Mino, e nel tuo marmo e la natura
che de fanciulli a le ricciute chiome
ride, vergine e madre eternamente.

La niña estudiante

(Del libro "Crónicas Florentinas")
Llegó con un grupo de jovencitos hasta la escalinata de la Basílica de San Lorenzo; vestía un chaleco acolchado rojo, de invierno, una camisa de mezclilla y unos jeans; cinto blanco y tenis del mismo color.
Se mantuvo entre sus compañeros, sentados en un grupo compacto sobre las escalinatas de esta iglesia reconstruida y ampliada por Lorenzo de Medicis. Desde la parte más alta de la explanada que bordea el templo los observé: los jovencitos y las niñas típicamente italianos, parecían venir del norte --habían bajado de un gran autobus escolar--, pero sólo ella sobresalía de entre todos por su piel oscura, negra. Parecía, también, ser la más popular por la forma en que sus compañeros se congregaban en torno de ella.
Enmedio de sus amiguitos que le hacían cerco habló con ellos y luego los contó con un dedito largo y negro, antes de volver a tomar asiento.
Como casi todos los demás, cargaba un bolsa de estudiante y hablaba un italiano coloquial. En ningún momento noté discriminación alguna por parte de sus compañeros, antes al contrario era digna de atención. Tendría como 12 o 14 años, como todos los demás.
Sin embargo, había un aire triste en sus ojos.
Estuvieron esperando un buen rato a que sus profesores hicieran lo arreglos para ingresar, en grupo, a la basílica.
Es casi seguro que habían viajado para conocer la tumba de Cosimo de Medicis en la sacristía vieja y el imponente recinto de La Noche y el Día y los mausoleos de Juliano y Giovanni de Medicis, realizado por Miguel Angel; tal vez recorrerían la enorme Biblioteca Laurenziana, allí, un poco más allá de donde estábamos, a un lado de la basílica.
También es posible suponer que sus padres habían llegado años atrás de Africa.

martes, 9 de diciembre de 2008

Florencia, la desconocida...

(Del libro "Crónicas Florentinas")

Florencia es una ciudad de saludos, besos y expresivas mentadas de madre; de gente apresurada y de largos paseos que no llevan a ninguna parte. Las multitudes se reparten por las calles estrechas del centro medieval y se detienen en los bares, restaurantes, las gelaterie, las tiendas de ropa, las plazas o los hoteles.
No es un destino turístico sino u lugar de paso, que aparece en los itinerarios de los viajeros como una parada obligatoria y efímera en su tránsito a Venecia, Milán, Roma o Nápoles. Por eso pasan como el viento, diariamente, multitudes que cumplen con las visitas preestablecidas, repitiendo una y otra vez, involuntariamente, la visión dantesca de las almas que, en torbellino se desplazan, con o sin guía, desde la estación de Santa Maria Novella al Duomo, al Palazzo della Signoria, el Uffizi, al Ponte Vecchio o Santa Croce. Algunos van por San Lorenzo, el Mercato Nuovo, la Piazza y Basílica de San Marcos, o a la Annunziatà; de allí vuelven sobre sus mismos pasos.
Los más jóvenes se atreven a la otra orilla del Arno, Oltrarno, más allá del río y escalan las colinas de Monte alle Croce, para llegar al Piazzale Michellangelo, o cruzan el viejo puente de los orfebres y joyeros hacia el Palazzo Pitti, inmensa mole de roca repartida en varios museos, o bien recorren los alrededores silenciosos y vacíos de las iglesias Santo Spirito, il Carmine o se pierden entre los cientos de pequeñas galerías de antigüedades y reproducciones de arte, cafés y tiendas que se encuentran en las calles paralelas al río.
Podríamos decir que todo este tráfago no va más allá del perímetro que aún marca lo que fue la vieja ciudad –cuando menos hasta 1875—y sus murallas. Aún permanecen en pie la Porta San Frediano y la Porta Romana, así como dos magníficas fortalezas que ahora se defienden de la contaminación ambiental y del asalto de millones de turistas ávidos de penetrar, sin objeto, cualquier rincón y capturarlo todo --digitalizándolo, computarizándolo-- con sus video máquinas y cámaras, o sus inoportunos e impredecibles celulares.


Los turistas que llegan en viájes relámpago, son conducidos de un lugar a otro, a través del centenario "corredor" por donde han guiado a miles de millones de curiosos, cuando menos desde el Renacimiento que fue cuando la ciudad comenzó a ser visitada, especialmente, por sus obras de arte, los talleres y sus artesanos. Desde luego que también llegaron desde siempre por el comercio, las sedas, las telas y los magníficos artículos de cuero que producían los tintori. Los turistas llegan, pues, ávidos de descubrir el mundo renacentista que allí está frente a sus ojos y jamás alcanzan a verlo. La rápida sucesión de imágines que se les superponen en la mente terminan siendo un mosaico indescifrable en donde todo es uno: Ya no importa de qué época o escuela, o taller es tal obra, o de quién es esa hermosa escultura, de mármol o bronce, o esos niños que desnudos se abrazan sobre una cornisa. Cuatro horas, casi corriendo, en tres de los cerca de ciento cincuenta museos de la ciudad son suficientes para poner a prueba a cualquier diletante de arte. Terminan astiados, hartos de tantas imágnes bellas, irrepetibles, innubicables.

Luego se van a Venecia o a Milán y piensan que los cuadros, las esculturas y los pisos de mármol son los mismos. Piensan, sueñan que vieron ésto o aquello. Todo parece igual.

Lo más probable es que los curiosos huyan de Florencia en las primeras horas.

La cuna del arte renacentista es tan apabullante que los colma.
Y no han entrado más que a dos o tres museos.

Algunos viajeros que alguna vez pasaron por esta ciudad me han dicho que conocen el "David" de Miguel Angel porque lo vieron fuera del Palacio de la Señoría, junto al gigane "Caco", la Judith y Olofernes y el gran Neptuno de Amannatti.

Otros me han dicho que vieron el "David" de Miguel Angel sobre un cerro, pero que no era de mármol, sino de bronce.
La mayoría de las estatuas que se encuentran por las calles de esta ciudad de artistas, banqueros, comerciantes y tiranos, son réplicas, copias.

Es una de las formas que tienen los florentinos para resguardar sus preciados tesoros.

Florencia es una ciudad llena de secretos y tan cerrada como cuando la rodeaban sus murallas.

martes, 2 de diciembre de 2008

Il Bisonte

(Del libro "Crónicas Florentinas")
La vida intelectual y artística de Florencia es tan rica y variada como sus calles, que se bifurcan, giran, terminan en un patio cerrado, o nos llevan a sitios sorprendentes que, ni siquiera, habíamos imaginado.
Una noche, invitados por Marcella Gateschi, acudimos Fiorella, Vanna y yo a la exposición pictórica de una artista norteamericana a Il Bisonte, una escuela de gran tradición en grabado y artes gráficas.
La pintora, de quien no recuerdo su nombre, se esforzó por explicar el sentido de su obra –unos pequeños cuadros contenidos en sus cajas de madera y vidrio, donde la pintura, realizada con una técnica plana, casi expresionista, adquiría volúmenes por los objetos sobrepuestos: conchas, ramitas, piedritas, arena, etc.—que yo, francamente, no entendí, aunque me gustó una de esas cajas donde podía verse dibujado en el fondo un laberinto y, en relieve, los hilos de una telaraña con todo y bicho artificial. Donde no se esforzó, al parecer, fue en los sabrosos bocadillos y vinos que allí se sirvieron, como tampoco en contratar esa galería donde sólo los artistas consagrados, o aquellos respaldados por corredores de arte internacionales, o los muy ricos –como parecía ser el caso—llegan a exponer.
Lela Gateschi, una florentina otoñal de ojos claros y vivaces, empleada de Il Bisonte, nos presentó primero con la pintora y luego a la dueña de la escuela y galería. Así conocí a María Luigia Guaita, una de las celebridades de la ciudad más activas en el terreno del arte. Iba de un grupo a otro, saludando, dando la bienvenida, conversando brevemente. Cuando me presentó con ella, Lela le informó que era mexicano.
--Piaccere, signore –me dijo. Lieto di conoccerla –contesté. Luego recordó la temporada en que Rufino Tamayo impartió un curso de grabado en su escuela. Saltaba de un recuerdo a otro como si los hechos hubiesen sucedido el día anterior.
--Sai che il mio marito era stato partigliano?—me preguntó; entonces evocó generalidades de lucha de su esposo durante la ocupación nazi y, pasada la guerra, la fundación de la escuela.
Le pregunté por qué el nombre de Il Bisonte.
Por ella supe, que uno de los grandes impulsores de esta escuela, después de la desastrosa inundación que sufrió la ciudad, en 1966, fue el pintor y grabador norteamericano Henry Moore, quien junto con otros igualmente notables, como Alexander Calder, Jacques Lipchitz, Eduardo Arroyo, Sebastian Matta, Graham Sutherland, Rufino Tamayo y Picaso, le dieron a la escuela renombre internacional.
María Luigia me contó que había fundado la escuela en 1959 para difundir el oficio artesanal del grabado de arte, en un principio con maestros italianos como Soffici, Carrà, Severini y Cacceri, entre otros.
Después de la gran inundación, Moore que había pintado bisontes en Arizona y que sentía especial atracción por estos animales del Oeste norteamericano, sugirió que se adoptara como símbolo y como nombre para la nueva escuela que estaba adquiriendo prestigio más allá de las fronteras italianas.
--A mí me gusta el bisonte – me dijo la Guaita--, porque es un animal valiente y siempre ataca de frente, como yo.
En medio del rumor y de las pláticas del brindis, del brazo me llevó a su oficina, en donde me hizo ver las fotos de su esposo en sus tiempos de combatiente de la Resistencia, y con verdadera emoción me mostró un retrato al carbón que Picaso, años atrás, le había hecho. Luego firmó un libro sobre la historia de la escuela.
--Prego –me dijo sonriente, y me lo entregó.

La escuela.
La escuela Il Bisonte se encuentra en el Centro Histórico de la ciudad, al otro lado del Arno, pasando el puente Alle Grazie, muy cerca del Ponte Vecchio, el museo Uffizi y de la Plaza Miguel Ángel (*).
Los cursos, que atraen, cada semestre, cientos de estudiantes de todo el mundo, son impartidos por profesores altamente especializados que forman parte del cuerpo docente de la Academia de las Bellas Artes de Italia, y cada año la Dirección invita a un artista notable internacionalmente para realizar una obra junto con los alumnos, quienes participan en todas las fases del trabajo.
Los cursos que se imparten, entre otros, son: grabado, historia del arte y de calcografía, grabado a color, litografía, conservación de obras de arte sobre papel, encuadernación, grabado en madera, serigrafía artística, fotografía de arte.

Los Futuristas.
Días después, Fiorella, la dueña de la casa donde me hospedaba, me reveló que María Luigia Guaita había sido esposa del señor Vallecchi, dueño de la famosa Editora Vallecchi que, a principios del Siglo XX, acogió y alentó a los Futuristas.
En esa editorial publicaron Marinetti y Giovanni Pappini, entre otros, sus encendidos manifiestos contra el arte “académico”, en las ya legendarias revistas Leonardo y Lacerba.
Las calles de Florencia nos llevan de uno a otros secretos.